lunes, 2 de mayo de 2011

Simulacro de naufragio (VI): Haciendo cuentas



Después de todo no había sido una mala noche, a pesar de que se hubiesen cebado con mis canas, con el estado de mi dentadura, con la pereza de mis neuronas, con el perímetro de mi abdomen, con la manera de ganarme los garbanzos, con mis gustos musicales y mis inclinaciones políticas.


Ya no me sentía el último habitante del planeta sino un integrante más del ejército de zombis que, como yo, habían soportado o arrojado bombas cargadas de estupidez, después de todo quizá las chicas tuvieran razón en algo, cuando me habían dicho que era un tipo normal.


De todas las maneras tristes de encontrarse con la realidad, se sepultar las ambiciones, la esperanza, las ganas de nuevos amaneceres, la peor de todas, la que más daño me hace es la de escuchar que soy un tipo normal, pero a esas horas casi lo sentía como un bálsamo, un antídoto ante la demencia.


Pero la noche se resistía a morir, y volvió a aparecer el Nota y también las perturbadas, a las que las horas les iban restando juventud y les iban sumando inestabilidad, tanto emocional como física.


Los primeros rayos del sol iban disolviendo algunos grupos que resistían en improvisadas barricadas a las puertas de los locales que iban cerrando, y nos alejamos de allí antes de que nos encontrara allí la policía o los repartidores de periódicos. Aún nos quedaba energía para el último asalto, y entramos en el Zulo, despertando una polvareda de miradas violentas. El local estaba lleno de lobos grises, un centenar de dientes amenazantes que miraban hacia el cargamento de carne que traíamos con nosotros.


El tiempo parecía haberse detenido, y las resistencias de la morena de curvas espectaculares iba abriendo grandes grietas. Era difícil mantener las distancias porque hablando te sentías sometido por su aliento, claro que también había quien quería reducirlas, porque se habían perdido batallas pero la guerra no había terminado.


En algunos momentos incluso Vann tuvo algunos momentos amables, y se abrazaba o se fotografiaba besando a uno o a otro, aunque rápidamente volvía a su táctica de ataque preventivo, cada vez más patético por los efectos que el tequila iba haciendo en su cuerpecito.


Yo volví a pensar en las matemáticas y volvió a salir la cuenta inicial, dos y dos seguían sumando cuatro y yo seguía sobrando, aunque seguí sin ser tan sencillo, porque mis colegas seguían insistiendo en los encantos de Luna que, comparados con la actitud de su amiga, se multiplicaban.


De todos modos se iba agotando mi curiosidad, y ya tenía ganas de derrumbarme en mi ataúd.




domingo, 10 de abril de 2011

Simulacro de naufragio (V): Ángeles o demonios



Aparentemente Luna parecía, de las dos, la menos trastornada, y por ella me enteré de que venían huyendo de su pueblo, donde trabajaban en un supermercado, aunque a esas alturas del campeonato me daba igual si me hubieran dicho que se ganaban el pan en un depósito de cadáveres en Timisoara o en un prostíbulo de Tijuana, o si huían de una plaga de langostas o de una limpieza étnica.

Por mis venas circulaban ya un millón de estrellas, y con sus cosquillas me despertaban, ahora sí, unas sonrisas con las que enfrentarme a otro episodio más de la cotidiana locura, así que acepté, sin demasiados reparos, trasladar nuestros esqueletos desde el Espantasueños hasta la Salamandra.

Después de secretearse alguna mierda al oído decidieron seguirnos, quizá porque ya estaban animadas con el vacile, o sencillamente porque no tenían ninguna alternativa mejor.

Los zombis ya se habían hecho con las calles, y habían colonizado también todos los locales que seguían abiertos, pero a esas horas nosotros también estábamos infectados, y habíamos dejado de ser humanos.

En la más lúgubre de las catacumbas que frecuentamos estaban poniendo la música idónea para desgarrarse la carótida a mordiscos, pero para no seguir haciendo sangre insistimos en las estrellas, mientras que las jovencitas se pasaban a drogas más duras, como el tequila, para envejecer rápido y tener cadáveres tan tristes como los nuestros.

Con esta apuesta aumentaron también la tontería, quizá a estas alturas se creían ya inmortales, y nos sintieran rendidos ante sus pies, adorándolas como diosas, pero lo cierto es que a Roi se le multiplicaban los frentes, con la aparición de varios satélites, al Nota se le acababa la paciencia y les devolvía los disparos con la misma puntería, y a mi ya me empezaban a pesar los huevos, todavía era posible un poco más, con la batería de insultos de Vann.

Fui a vaciar la vejiga un par de veces, por si eso aligeraba un poco el lastre de mi saco de rencor, y la situación no variaba, así que amagué con despedirme y perder de vista a las elementas, a mis colegas y al resto de la puta humanidad, pero también tenía curiosidad en ver en que acababa todo aquello, y me quede.

El que desapareció fue el Nota, y cuando nos fuimos en su búsqueda también desaparecieron las bellacas, así que no quedaban más excusas, ya estaba cerrando la Salamandra y la primavera se había muerto definitivamente, y solo quedaba lugar para los sueños, o para despertar de aquella pesadilla en la relativa seguridad de las paredes frías de mi refugio, sin ángeles ni demonios.

martes, 22 de febrero de 2011

Simulacro de naufragio (IV): La invasión de los ultracuerpos


Nunca he sido demasiado bueno con las matemáticas, pero todavía sabía que dos y dos son cuatro, y que el quinto, que era yo, sobraba. Aunque había algo allí que no encajaba, no era imposible que se trajeran aquellas dos bellezas del Desguace, aunque era bastante improbable, y enseguida me pusieron al corriente de cómo había surgido el encuentro.


Hacía menos de diez minutos que habían tropezado con ellas en la calle, fascinados como un gato con los focos del autobús, y como eran forasteras se habían ofrecido para guiarlas por nuestra zona.


Luna, una ninfa morena de mirada cautivadora y curvas escandalosas, tenía cierta afición al lado oscuro y se había sentido atraída por los cueros claveteados de mis hermanos, aunque los suyos también despertaban el ellos esos instintos que nos habitan desde la noche de los tiempos.


Vann lucía cabellos dorados, ojos oceánicos y tez nívea, como si se hubiese barnizado con nubes, y parecía más fuera de lugar, como en la canción de Rosendo, y desde el primer momento cavó un foso entre ella y nosotros, aunque con intención de convertirlo en fosa y enterrarnos en ella.


Así que nada estaba escrito, y mis primeras impresiones, no todas, estaban equivocadas, quizá quedaban solo tres días y merecía la pena seguir sumando burbujas, e intentar forzar una mueca que se pareciese a una sonrisa.


Quizás llevaba demasiado tiempo alejado del mundo y de tanto cruzar fronteras emocionales confundía las lenguas, o me encontraba delante de alguna especie alienígena que, como en la Invasión de los Ultracuerpos, había ocupado el cuerpo, bonito eso si, de una mujer.


Porque Vann no se conformaba con cavar un foso, y levantar un muro defensivo detrás, sino que desde sus murallas lanzaba un ataque indiscriminado con dardos envenados, buscando herir y, si era posible, rematar.


Aún no me había terminado la cerveza y ya me preguntaba que clase de desgracia le había ocurrido para colocar a todo el género masculino en el cajón de los hijos de puta, era como una francotiradora serbia en el sitio de Sarajevo, disparando a donde pensaba que estaban mis puntos débiles.


No recordaba la última vez que me había encontrado con alguien tan enfadado con el mundo, y eso que era yo el último habitante del planeta, así que le presté mi oreja para que derritiera en ella sus rencores.


Pero, por muchos crímenes que hubiera cometido en mis vidas anteriores, no me creía merecedor de tanto castigo, así que intenté que mis compañeros dejaran de indagar en los encantos de la morena y se interesaran por descubrir los de la rubia, si es que los tenía.

jueves, 3 de febrero de 2011

Simulacro de naufragio (III): En el corredor de la muerte


Tuve que esperar una hora larga, más pesada que si estuviese en el corredor de la muerte, mientras se iban ocupando las mesas, no todas, que me rodeaban, intentando atrapar fragmentos de conversaciones que me eran ajenas, con el oculto interés de utilizarlas para mi beneficio en mi fábrica de mentiras, hasta que finalmente los músicos abandonaron la barra y empuñaron sus instrumentos como una banda de delincuentes en el Chicago de los años de la prohibición.

Como entonces también fueron ritmos de jazz los que allí sonaron, mezclándose con las burbujas doradas que habían ascendido a mi cabeza, y aunque la vocalista tenía voz de sirena era tan triste su deambular bajo los focos que solo consiguió arrancarme una sucesión interminable de bostezos.

Creo que incluso dormí un poco, mientras el guitarrista probaba un cementerio de pedales y el pianista golpeaba las teclas con el entusiasmo con el que un yonqui se clava una aguja. No eran malos músicos, y los temas que interpretaban tenían trocitos de magia, pero a mi me pesaban de más los huevos.

Porque donde realmente habita la nostalgia, el hastío, la sensación de convertirse en el último habitante del planeta, de estar rodeado de zombis, de desear que el mundo se acabe el mundo, o de que pase cualquier cosa, buena o mala, es en ese saco de rencor que llevamos colgado entre las piernas.

Aguanté hasta el final del concierto, más que nada porque tampoco me apetecía ir a ningún sitio, ni tan siquiera me apetecía seguir bebiendo, aunque lo hacía para que las burbujas siguiesen acorralando a mis neuronas, y cuando terminó se me acabaron las excusas para seguir allí.

Reuní el poco valor que me quedaba y volví a las calles, donde deambulaban criaturas más temibles que las imaginadas por Darío Argento. Otra vez me dio pereza regresar a mi refugio, y opté por quedar con Roi y con el Nota en El Espantasueños, donde nos reunimos una vez a la semana los veteranos de guerra.

Me acomodé en la barra como el que se hunde en una trinchera, y una nausea me gano el alma cuando miré a mí alrededor y sentí las voces de los fantasmas que siguen pidiendo mi cabeza.

Ya estaba decidido a otra espera interminable, alimentándome de porqués que rebotaban en las paredes desconchadas, cuando llegaron mis compañeros, demasiado sonrientes para un sábado por la noche. Detrás de ellos entraron en el antro dos jovencitas, que para mi sorpresa venían siguiéndoles, como si fuesen traficantes de crack o estrellas del rock. Deseé no estar allí en ese momento, quizá ya no estaba allí.

jueves, 13 de enero de 2011

Simulacro de naufragio (II): La mosca del bar



Cuando desperté la ciudad había sucumbido ante las sombras, y como en la novela de Conrad mi corazón seguía bebiendo las tinieblas, así que me arrastré a la ducha, para arrojar por el desagüe las telarañas y para deshacer esas durezas con las que me castiga la nostalgia.

Desde el fondo del espejo me amenazó la sombra de Caín, y maldecí los estragos que los años estaban haciendo en mi rostro, donde estaban escritas mis renuncias y mis miedos. La pareja de zombis con las que comparto pasillos seguían asistiendo a la retransmisión de los pronósticos para el fin del mundo, y sentí una extraña y maligna fuerza que me precipitaba a la calle, donde no me esperaba nadie.

Caminé desconfiando de las esquinas, por si alguna navaja estaba esperando mi garganta, y solo los escaparates lograron arrancarme algo parecido a una sonrisa, que algunos maniquís sintieron también como una amenaza. Volví a pensar en Charlon Heston, y sentí la estupidez de recorrer estos lugares compartidos desarmado.

Quizá no era el último habitante del planeta, aunque me atreviera a desearlo, o quizá deseaba todo lo contrario y por eso estaba dirigiéndome hacia los sitios de siempre, donde sentir un poco de calor animal.

Si, fue por mi naturaleza de lobo por la que me senté a devorar otro bocadillo, el segundo de la jornada, junto con una manada de extraños, para alimentar a los coleópteros que anidan en mi vientre. Esas hienas emitían horribles carcajadas a mi espalda, y mis dientes hicieron desaparecer un cadáver exquisito, todo hay que decirlo, antes de que venciera la tentación de romper la botella contra la mesa y escupirles los cristales, mezclados con mi sangre y mi veneno, a sus caras.

Otra vez volvía a guarecerme en las sombras, recordando a algunas de mis victimas más recientes, y el eco de sus blasfemias me seco hasta el alma, así que apuré el paso hasta un nuevo escenario, que no era tan nuevo porque su suelo también estaba regado con mis lágrimas.

Tengo pocas virtudes, y para una que tengo, la puntualidad, también es un defecto.

Los músicos todavía estaban probando el sonido y las camareras ajustándose la silicona bajo las camisetas minúsculas, y todo me importaba menos que nada si la cerveza estaba fría. Y estaba. Así que ocupé una de las mesas y bebí despacio, para sentir la espuma bailándome las venas.

Volvió el rumor de unas alas, pero no eran las de un ángel, sino las de una auténtica mosca de bar, cuando pedí la segunda, hastiado de esperar al quinteto anunciado en las páginas del periódico local. La mosca del bar era yo.

lunes, 10 de enero de 2011

Simulacro de naufragio (I): El reino incierto de los sueños




El último día de la primavera me sentía como el último habitante del planeta, como en aquella película de Charlon Heston en la que, después de una gran explosión nuclear, no quedaba más hombre en el mundo que él, rodeado por legiones de zombis. La soledad de mi pecera, en la que estuve confinado toda la mañana, ayudaba a acrecentar esta sensación, y tuve que revolver en el baúl de los recuerdos, haciendo un inventario de fantasmas y de crímenes, por los que no he terminado de pagar.


Desde esta prisión más o menos voluntaria divisé como un espeso banco de niebla entraba desde el océano, y poco a poco iba cubriendo iba cubriendo la ría hasta los confines del Verdugo, semejando un ataque químico que ya estaba sintiendo en la piel en forma de gélido aliento. La primavera agonizaba y se oía ya el crujir de la hojarasca, confirmando los augurios de la hipótesis Gaia.


Más que finalizar la estación azul parecía que era el mundo el que tocaba a su fin. Quizá por eso no volví a mi refugio, o quizá porque la nevera se había vuelto loca con el cambio climático y había congelado los pocos alimentos que me quedaban en casa.


Así que me dirigí a los arenales, donde, a pesar de lo desapacible de la meteorología, una multitud de zombis helitrópicos, a la inversa de los que salían en el film, mostraban sus carnes corrompidas y se vigilaban mutuamente. Tal vez yo no era diferente a ellos, y sin embargo me sentía un extrañó repitiendo esta ceremonia de devorar un bocadillo correoso encima de una toalla, y para que la diferencia fuese menos visible también me despojé de mis harapos y mostré todas las cicatrices que, en el paso de los años, había coleccionado sobre mi piel.


No aguanté más de una hora revolviendo mis desnudeces en la arena, acosado por los latigazos de la bruma, las lenguas inflamadas de las horribles criaturas que me rodeaban y por ese rumo de tragedia que se había anclado en mi estómago.


Volví a esas paredes que han sido testigos de mis naufragios, y en las que otros zombis deambulaban en medio de la más contundente de las devastaciones. Solo en mi habitación había una atmósfera medianamente respirable, y en ella me atrincheré, esperando que llegara pronto el gran apagón, o que sucediese cualquier otra cosa, mala o buena.


No tenía intención de acariciar los lomos de mis viejos libros, para que como gatos callejeros lanzaran zarpazos a mi corazón, ni de escuchar las melodías oscuras que últimamente navegan por mis venas, así que me sumergí en mi mortaja descolorida y llamé a la puerta del reino incierto de los sueños, para probar suerte. No recuerdo si la tuve o no.

sábado, 1 de enero de 2011

Un tiro frente al espejo


Me metí un tiro frente al espejo, una nube blanca que me cegó con una ráfaga de cristales, salté por la ventana y las aceras recibieron sin entusiasmo los fragmentos de este contenedor de recuerdos que estaban pidiendo un Apocalipsis a gritos. Las tinieblas cubrieron rápidamente mis huesos, se adueñaron de la poca voluntad que me quedaba, y sonreí estúpidamente al internarme en los callejones donde todos los cuchillos llevaban escrito mi nombre.

Desde los escaparates me miraban con indiferencia una pléyade de maniquíes de curvas pronunciadas, provocándome a rasgar sus ropas de temporada y derramarme entre sus piernas de plástico. Puede ser que otra noche cediera a la tentación de los ladrillos y me encerrara en mi refugio con una de estas meretrices silenciosas, para invocar a la locura y ahuyentar a los fantasmas que aún insisten en fijarse a mis paredes desconchadas. Pero en esta era poderosa la llamada de la carne y ya no tenía razones para ignorarla, o las había olvidado en el mismo momento en que había aspirado aquel rabo de nube.

No quería testigos incómodos, así que evite los tugurios del puerto, donde la cicatriz que me atraviesa la siniestra, el infierno de mis ojos ambarinos y la facilidad con que mi navaja salía del bolsillo eran bien conocidas. Entorno a los antros del centro había una legión de jóvenes intentando aparentar los años y la crueldad que les faltaban para convertirse en alguien de mi especie, y se entretenían golpeando a los mendigos que dormían en los cajeros, acorralando en los portales a sus compañeras de clase y entregando al fuego a los contenedores de basura sobre el asfalto.

Ninguno de ellos me mantuvo la mirada, porque el respeto camina las noches de la mano del miedo, y desde lejos se veía que ellos tenían algo que perder y que yo ya lo había perdido todo. O casi, porque todavía oscuros deseos se movían por mis venas, pidiendo ser satisfechos.

Un neón intermitente me mordisqueo las pupilas y un ejército de hormigas se movió en mis testículos, era una señal tan buena como cualquier otra, así que empujé a un par de borrachos que dudaban ante la puerta y me interné en el local. Avance hacia la barra bajo una luz mortecina bajo la que se movían un puñado de cuerpos sobreexcitados por la ingestión masiva de diversos alcoholes y estupefacientes, y para no desentonar pedí un whiski doble y dibujé una raya de nieve sobre la misma barra, y ambos desaparecieron con la velocidad del orgasmo de un eyaculador precoz.

Una de las jóvenes que se contorsionaban en la pista se apercibió de mi maniobra y dejó de escuchar la música. En el poco tiempo que tardo en decidirse yo ya tenía otro whiski doble y otra nube sobre el mostrador, se acerco a mí, cogió el billete enroscado que blandía mi mano y se metió un tiro con ánimo de suicida. Después se largó un trago largo de escocés y me hizo la respiración artificial sin mediar ni una sola palabra.

No eran necesarias, su lengua tenía su propio idioma, y con el fabricaba un montón de promesas mientras recogía las mías. No era una chica guapa, ni tampoco fea, ni me importaba que tuviese los pechos duros como duraznos o el aliento afrodisíaco. Solo que me siguiese sin hacer preguntas, alentada con la esperanza de volar los abismos que le esperaban en mi guarida.

El trayecto se me hizo eterno, y parecía que íbamos a aprovechar todos los portales para simultanear polvo de estrellas, manos y lenguas cada vez más ligeras, y tragos de la botella había aparecido, por arte de magia, bajo mi abrigo. A nuestro alrededor, un ejército de bastardos seguía golpeando mendigos, acorralando a sus compañeras y quemando contenedores, pero poco a poco se fueron desvaneciendo, como un decorado inútil.

En mi guarida me metí el último tiro frente al espejo, y el lavabo empezó a teñirse de sangre. Sobre la cama una muñeca rota dibujaba una sonrisa estúpida: eran los restos de mi cacería.

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