lunes, 30 de diciembre de 2013

Dibujando pesadillas en el parque de atracciones

Algunos dicen que este lugar está habitado por fantasmas, y que el que se aventura a entrar en el no regresa jamás, otros dicen que hay una maldición sobre el parque de atracciones, aunque no son capaces de precisar cual, o cambian de versión según el pueblo donde la han escuchado, leyendas sobre un payaso que enloqueció de celos y disparó contra la taquillera de la montaña rusa y después contra los niños que hacían cola con nubes de algodón en las manos, o sobre cómo se desprendió una de las cabinas de la noria cayendo encima de la barraca de tiro, y aunque mi memoria es bastante frágil puedo decir que ninguna de ellas es realmente cierta, porque la verdad es bastante más terrible que todo esto, y si hay algún culpable de que se apagaran las luces de verbena y dejaran de girar los tiovivos, ese soy yo, su último habitante, que sigo vagando entre los hierros corroídos por el tiempo, en busca de gargantas que se ofrezcan a ahogar mis gritos, soy yo quien anima a los aventureros a correr en el túnel del terror, a sentarse en las butacas desvencijadas de la carpa circense,  a buscar refugio en las jaulas de las fieras, a jugar al escondite en la casa de los espejos, aunque cada vez recibo menos visitas, porque ya son pocas las jóvenes parejas que buscan satisfacer aquí mis instintos, burlándose de los fantasmas al pasar bajo el ajado letrero del parque, al que ya le han caído la mitad de las letras, o los intrépidos muchachos que ponen en juego su hombría, para perderla, hace unas semanas llegó un hombre escapando de la justicia, y disfrutó de una auténtica noche de verbena, que lo dejó tan agotado que, finalmente, no se resistió al cuchillo, ahora no puedo recordar cómo empezó todo este divertimento, quizás porque siempre me ha parecido que el mal habitaba bajo las sonrisas, y al quebrarlas encontré el camino para que dejaran de fingir y se liberaran con un torrente de lágrimas, al mismo tiempo que me convertía en prisionero de este parque de atracciones donde mi única ocupación es dibujar pesadillas, tal vez algún día llegue el que me libere a mí, el que me ofrezca descanso, pero son muchas las horas que dedico a minar el parque de trampas, aunque ninguna realmente mortífera, y sería muy difícil atraparme, tal vez mi frágil memoria algún día me traicione, y sea mi propio verdugo, cayendo en una de esas trampas y dejándome pudrir entre el óxido. 

miércoles, 26 de octubre de 2011

Simulacro de naufragio (X); Comida dominical y sobremesa



Vann parecía guionizada por Adrian Tomie, y aún con pocas horas de sueño, con una resaca que debía ser considerable, y con el cambio de escenario, seguía empeñada en recordarme las canas que empezaban a poblar mis sienes y la poca actividad neuronal que había debajo de ellas.

No podía negarle lo evidente, que era viejo y estúpido, y que por eso íbamos a compartir mesa, pero también me alegré con no sentarme a su lado, para poder apreciar el sabor de los alimentos.

En cuanto trajeron la comida empezó a mejorar mi humor, que muchas veces tiene su origen en lo que me llevo a la boca. Que le vamos a hacer, soy un tipo de gustos sencillos, como los habitantes de las cavernas: bien comido, bien cagado y bien follado, hasta parezco un señor.

Entre bocado y bocado aún me permití soltar cuatro latigazos a las cajeras de supermercado, para devolverles algunos de los que me habían soltado en la víspera, mientras mis amigos fingían una normalidad que, a todas luces, no existía. Aún disfruté de los entrantes, de los primeros platos y de los segundos, del postre, el café y los chupitos.

No lograron perturbar mi comunión con sus lenguas venenosas, gracias en parte a Gato, que no tenía que hacer esfuerzos para mostrarse encantador y que mandaba miradas cargadas de fuego a la rubia, despreciando el peligro que llevaba.

Al salir del restaurante volvieron las incertidumbres, y mi cuerpo lo único que me pedía era una siesta de pijama y bacinilla, como las de los antiguos, y otra vez Gato tomó las riendas y propuso un paseo a orillas del río, para que nos diera un poco el fresco. Así partimos hacia el interior, buscando un lugar apartado, lejos de los arenales en los que, seguramente, estarían ya los zombis que habían abandonado la ciudad.

Otra vez las matemáticas seguían resultando curiosas, en un coche fueron dos y dos, que seguían siendo cuatro, y en el otro fuimos dos, que seguíamos sobrando. Nos dio tiempo de hacer la digestión por el camino, y también de marear a las muchachas que cuando llegamos a nuestro destino parecía que tuvieran una estaca clavada en el estómago.

Mi buen humor iba en aumento viendo a Vann al borde del vómito, y cuando nos adentramos en el bosque de ribera se me caían las risas, viendo como esquivaban las cagadas de las vacas para no dejar enterradas las sandalias. Era una situación bonita y se me disparaba la cámara con las mismas ganas que un rifle de asalto AK-47.

martes, 19 de julio de 2011

Simulacro de naufragio (IX): Las grandes cuestiones de la existencia

Podría haber saltado por la ventana en lugar de utilizar el ascensor, y las chicas que esperaban en mi portal hubieran reaccionado igual, seguían enfadadas con el mundo y yo seguía teniendo la culpa, sin embargo Roi ya había sumado puntos y debía de pensar lo más evidente: que aunque estuvieran trastornadas seguían estando más que buenas, y que merecía la pena aguantar un poco más si la recompensa era un pedazo de carne tierna.


El Nota volvió a completar el quinteto a regañadientes, porque no tenía costumbre de abandonar su cueva en las jornadas dominicales, quizá preguntándose como yo las grandes cuestiones de la existencia ¿Quiénes somos? ¿De donde venimos? ¿Adonde vamos?. Yo todavía tenía más preguntas, y ya estaba fabricando respuestas, gracias al líquido negro que, mezclado con fragmentos de pesadillas, navegaba por mis venas.


La canícula que nos estaba azotando con la saña de un tribunal islámico no era propicia para tomar decisiones, y como no me gusta darles espectáculos gratuitos a los vecinos tuve que escuchar al órgano más despierto de todo el grupo: mi estómago.


En esos momentos contados de mi biografía en los que me siento feliz se despierta en mí un hambre de lobo, y cuando me siento desgraciado, al borde del abismo o del naufragio, también tengo unas ganas locas de llenarme el vientre con algo más contundente que las mariposas.


Cuando no estoy en ninguna de estas situaciones, como en esta ocasión, también tengo un hambre de la hostia, así que dirigí todas mis energías a pensar en un comedero para poder cerrarles la boca a las niñas, que también se habían levantado repugnantes, y de paso recuperar energías.


Después de barajar distintas alternativas salimos hacia el puerto, en cuyas proximidades se encuentra uno de esos contados sitios de confianza, donde te dan bien de comer sin desplumarte, porque tampoco era la ocasión como para impresionar a nadie, ni tampoco lo merecían.


Por el camino efectué una llamada de urgencia, y sumé a Gato a nuestra expedición, que se mostró encantado con la posibilidad de tener presencia femenina en la comida. Ya no había lugar para las matemáticas, y bien que agradecía la presencia de un diplomático, que venía armado con toda la paciencia del mundo para atender los agravios de las forasteras, con lo que el almuerzo sería, por lo menos, un poco más tranquilo que nuestra noche.


O por lo menos en eso confiaba yo.

jueves, 23 de junio de 2011

Simulacro de naufragio (VIII): Desafiando las matemáticas

Foto: Xacobe Casal



En el trayecto que nos separaba de mi ansiado cadalso, uno de los nuestros se detuvo a tomar aire en los portales, y acompañó las bocanadas con el aliento de la morena, que tenía las manos juguetonas y probaba a avivar un poco el fuego, aunque no tanto como para quemarse. Mientras, en la vanguardia avanzábamos penosamente por la avenida desierta aguantando las últimas tonterías de Vann, alarmada por la posibilidad de que su amiga decidiera confundir sus sudores y rematar la jornada condenándose a golpe de cadera.


Otra vez conté: dos y dos seguían siendo cuatro, así que en la esquena que se separaban nuestros caminos hice un gesto y escupí un par de palabras inteligibles a modo de despedida. Ya era demasiado, incluso para mí, y además siempre he odiado estos momentos en los que se decide si se acaba el partido o se juega la prorroga, porque de todos modos yo ya estaba en el banquillo.


Me derrumbé en el sepulcro con la misma sensación con la que me había levantado hacía un millón de horas, con la de haberme convertido en el último habitante del planeta, pero no me quedaban fuerzas ni para la nostalgia, así que me adentré en los territorios de la inconsciencia con la misma resignación que si me hubiese abandonado en brazos de la dama de la guadaña.


Ni tan siquiera tuve constancia de los fantasmas que mastiqué durante las escasas horas que dormí, aunque cuando los gritos del teléfono me arrancaron de la última pesadilla, tenía llena de arena la garganta y en mi cabeza pastaba una manada de hormigas.


Otra vez maldecía no haber apagado la conexión con el satélite y ese principio de asertividad que me hace decir siempre que si cuando tengo que decir que no, pero ya se me había jodido el sueño y volví a desafiar a las matemáticas.


Roi ya había organizado para comer con Luna y Vann, que aún tenían ganas de vacile, y el Nota se había sumado a regañadientes, también sin que le salieran las cuentas.


Me arrastré hacia la ducha con intención de que esta vez el desagüe no solo se llevara las telarañas, sino también el puto síndrome de Peter Pan que me impedía actuar conforme a las muchas primaveras que me había tocado sufrir.


Pero un manantial de agua caliente no era suficiente para alejar la sombra que oscurecía mi frente, ni para aliviar ese saco de rencor que se encogía como un puño entre mis piernas, así que preparé un café más negro que mi alma y lo acompañé con un analgésico, para fabricar otra serie de sonrisas, más falsas que las manufacturas napolitanas.


Así me arrojé a la calle.

lunes, 9 de mayo de 2011

Simulacro de naufragio (VII): Resistiendo a la pequeña muerte



Pero todavía no había llegado el tiempo del descanso eterno, ni tan siquiera de esa pequeña muerte que supone abandonarse a los sueños, aunque a esas alturas de la noche se me había pegado al paladar el sabor de una pesadilla.


La ninfa morena había extraviado su mirada cautivadora entre los chupitos de tequila, e insistía en invitarnos a compartir su naufragio pidiendo veneno para todos, y sus curvas escandalosas se quebraban, como los de una muñeca rota, mientras la de los cabellos dorados se esforzaba en mantener en pie la muralla que había ido construyendo a lo largo de las horas.


Y habían pasado demasiadas, mis articulaciones crujían como galletas, mis párpados eran persianas de cemento y por mis venas circulaba un exceso de estrellas, nubes cenicientas y pólvora como para armar una nueva insurrección zapatista.


Así que arrojé la toalla, mostrando las cicatrices de un boxeador sonado, mientras mis amigos proponían continuar la velada en el Tanatos para gastar los últimos cartuchos, porque lo que quedaba de mi triste figura solo pedía un vaso de leche caliente y un colchón donde hacer efectiva mi rendición.


Salimos a la calle y el sol ya estaba lamiendo las calles sucias de la metrópoli, mientras otros zombis idénticos a nosotros se refugiaban en los portales y se mordían los unos a los otros levantando un revuelo de efluvios etílicos, vómitos, desesperanza y derrota. Ya solo nos quedaban dos días en la cuenta y el que terminaba lo habíamos malgastado destrozando el hígado y escuchando estupideces, pero así era la vida que habíamos elegido.


Como si fuesen unas persistentes rémoras, lo que quedaba de las jovencitas, envejecidas en solo una noche a golpe de alcohol y nicotina, se apuntaron a la posibilidad de llenar el vacío que amenaza las paredes de sus estómagos, donde quizá nunca anidaran las mariposas, y otra vez caminamos las aceras hacia un lugar donde nos sirvieran algo parecido a un desayuno.


Por fortuna o por desgracia, según sea el caso, somos gente diversa, y hubo quien quiso jugar a la ruleta rusa y pedir una ensaladilla, quien devoro un bocadillo de lomo y queso, y quien pidió un vaso de leche caliente, con café o con cacao, que ni en eso estábamos de acuerdo. Estaba finalizando la partida y se relajaban los gestos, aunque había intenciones que se resistían a rendirse.


Cuando salimos de allí ya estaba calentándose el asfalto, y emprendí el regreso seguido de mis compadres, que tenían el coche aparcado en mi zona, y de las adosadas, que se habían hospedado cerca de mi refugio. Parecíamos los restos del Apocalipsis.

lunes, 2 de mayo de 2011

Simulacro de naufragio (VI): Haciendo cuentas



Después de todo no había sido una mala noche, a pesar de que se hubiesen cebado con mis canas, con el estado de mi dentadura, con la pereza de mis neuronas, con el perímetro de mi abdomen, con la manera de ganarme los garbanzos, con mis gustos musicales y mis inclinaciones políticas.


Ya no me sentía el último habitante del planeta sino un integrante más del ejército de zombis que, como yo, habían soportado o arrojado bombas cargadas de estupidez, después de todo quizá las chicas tuvieran razón en algo, cuando me habían dicho que era un tipo normal.


De todas las maneras tristes de encontrarse con la realidad, se sepultar las ambiciones, la esperanza, las ganas de nuevos amaneceres, la peor de todas, la que más daño me hace es la de escuchar que soy un tipo normal, pero a esas horas casi lo sentía como un bálsamo, un antídoto ante la demencia.


Pero la noche se resistía a morir, y volvió a aparecer el Nota y también las perturbadas, a las que las horas les iban restando juventud y les iban sumando inestabilidad, tanto emocional como física.


Los primeros rayos del sol iban disolviendo algunos grupos que resistían en improvisadas barricadas a las puertas de los locales que iban cerrando, y nos alejamos de allí antes de que nos encontrara allí la policía o los repartidores de periódicos. Aún nos quedaba energía para el último asalto, y entramos en el Zulo, despertando una polvareda de miradas violentas. El local estaba lleno de lobos grises, un centenar de dientes amenazantes que miraban hacia el cargamento de carne que traíamos con nosotros.


El tiempo parecía haberse detenido, y las resistencias de la morena de curvas espectaculares iba abriendo grandes grietas. Era difícil mantener las distancias porque hablando te sentías sometido por su aliento, claro que también había quien quería reducirlas, porque se habían perdido batallas pero la guerra no había terminado.


En algunos momentos incluso Vann tuvo algunos momentos amables, y se abrazaba o se fotografiaba besando a uno o a otro, aunque rápidamente volvía a su táctica de ataque preventivo, cada vez más patético por los efectos que el tequila iba haciendo en su cuerpecito.


Yo volví a pensar en las matemáticas y volvió a salir la cuenta inicial, dos y dos seguían sumando cuatro y yo seguía sobrando, aunque seguí sin ser tan sencillo, porque mis colegas seguían insistiendo en los encantos de Luna que, comparados con la actitud de su amiga, se multiplicaban.


De todos modos se iba agotando mi curiosidad, y ya tenía ganas de derrumbarme en mi ataúd.




domingo, 10 de abril de 2011

Simulacro de naufragio (V): Ángeles o demonios



Aparentemente Luna parecía, de las dos, la menos trastornada, y por ella me enteré de que venían huyendo de su pueblo, donde trabajaban en un supermercado, aunque a esas alturas del campeonato me daba igual si me hubieran dicho que se ganaban el pan en un depósito de cadáveres en Timisoara o en un prostíbulo de Tijuana, o si huían de una plaga de langostas o de una limpieza étnica.

Por mis venas circulaban ya un millón de estrellas, y con sus cosquillas me despertaban, ahora sí, unas sonrisas con las que enfrentarme a otro episodio más de la cotidiana locura, así que acepté, sin demasiados reparos, trasladar nuestros esqueletos desde el Espantasueños hasta la Salamandra.

Después de secretearse alguna mierda al oído decidieron seguirnos, quizá porque ya estaban animadas con el vacile, o sencillamente porque no tenían ninguna alternativa mejor.

Los zombis ya se habían hecho con las calles, y habían colonizado también todos los locales que seguían abiertos, pero a esas horas nosotros también estábamos infectados, y habíamos dejado de ser humanos.

En la más lúgubre de las catacumbas que frecuentamos estaban poniendo la música idónea para desgarrarse la carótida a mordiscos, pero para no seguir haciendo sangre insistimos en las estrellas, mientras que las jovencitas se pasaban a drogas más duras, como el tequila, para envejecer rápido y tener cadáveres tan tristes como los nuestros.

Con esta apuesta aumentaron también la tontería, quizá a estas alturas se creían ya inmortales, y nos sintieran rendidos ante sus pies, adorándolas como diosas, pero lo cierto es que a Roi se le multiplicaban los frentes, con la aparición de varios satélites, al Nota se le acababa la paciencia y les devolvía los disparos con la misma puntería, y a mi ya me empezaban a pesar los huevos, todavía era posible un poco más, con la batería de insultos de Vann.

Fui a vaciar la vejiga un par de veces, por si eso aligeraba un poco el lastre de mi saco de rencor, y la situación no variaba, así que amagué con despedirme y perder de vista a las elementas, a mis colegas y al resto de la puta humanidad, pero también tenía curiosidad en ver en que acababa todo aquello, y me quede.

El que desapareció fue el Nota, y cuando nos fuimos en su búsqueda también desaparecieron las bellacas, así que no quedaban más excusas, ya estaba cerrando la Salamandra y la primavera se había muerto definitivamente, y solo quedaba lugar para los sueños, o para despertar de aquella pesadilla en la relativa seguridad de las paredes frías de mi refugio, sin ángeles ni demonios.

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